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En tierra yerma, entre los cardos. El sol cayendo a plomo sobre la tierra calcinada que expele fuego. La única carretera pasa muy lejos de allí y para llegar hasta allí -realmente no hay nadie que lo busque- cabe sólo caminar horas y horas por debajo de la muerte dando rodeos y más rodeos que comúnmente habrán de conducirte a la pérdida.

No se sabe de nadie que lo haya visto, de nadie que haya contado la perfección de sus filigranas: acá, una mujer sentada que toca una lira; en el centro, varios muchachos -chicos y chicas- bailando medio desnudos entre pámpanos y hojas de yedra; más allá, un cielo poblado con pajarillos de colores. Tal vez lleve sin existir siglos y siglos, milenios sin retornar a la luz, o no haya existido nunca y sea sólo el fruto de la imaginación de un poeta ebrio.

Tal vez mañana y los próximos dos mil doscientos años moren de nuevo sus aves y todos sus prodigios en el mundo de lo que no se ve por los viajeros. Pero hoy, trece de mayo de 1926, en el que el contumaz viento del sur ha soplado con la fuerza inusitada de una galerna del océano, revolviendo con furor las crestas de las dunas. Hoy, que el sosiego ha vuelto con el mediodía y la arena y el polvo reposan -como suelen- sobre la corteza de la tierra, en las entrañas abrasadoras de Oxiana, más allá de las moradas del hombre, por donde ni las caravanas de los yemeníes ni los rebaños de los beduinos han osado jamás aventurarse a pasar. Hoy, exhibe la obra todo su esplendor: sus miles de teselas, ensambladas, pletóricas de matices vivos y brillantes: el rostro dichoso del arpista, los perfectos cuerpos rosa pálido de los danzantes, los picos de oro de las tórtolas...

Pero el viento se levanta otra vez -como suele- de improviso, y ya los granos de arena se deslizan a lo loco sobre el mosaico, ya los bordes de la pieza vuelven a ser ocultos por los escudos del tiempo... y la lagartija que hace un instante correteaba a sus anchas sobre la tersura desconocida del convite, frisando los pechos granados de las danzantes, torna a regresar -resignada- a la tierra, su tierra. Una tierra abrumadora y dueña. No sabe el animalito que siglos ha, toda esa desolación en la que habita fue solar de una hermosa ciudad. La más hermosa. Un regalo que el tiempo se complació en hacerles a los seres humanos. Un enclave de dicha y esperanza.

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PARA LEER: El Diario de un Hombre Decepcionado (W.N.P BARBELLION)

PARA ESCUCHAR: A Summer Tamarind (MARTIN NEWELL)